
La amigdalina es un glucósido cianogénico natural, aislado por primera vez en el siglo XIX de las almendras amargas (almendro, Prunus dulcis). Se encuentra principalmente en las semillas de frutas de hueso, especialmente de albaricoques, pero también de melocotones, ciruelas, manzanas o cerezas (Thodberg et al., 2018). Químicamente, se trata del D-mandelonitrilo-β-D-gentiobiósido (Fig. 1). En el organismo se hidroliza progresivamente en benzaldehído, glucosa y cianuro de hidrógeno (HCN) (He et al., 2020). La amigdalina suele confundirse con su forma semisintética, el «laetrilo» (nombre comercial). El laetrilo fue sintetizado por primera vez en 1952 por Ernst T. Krebs hijo, quien pretendía aumentar su eficacia mediante esta modificación (la unión de una molécula de glucosa) y lo denominó vitamina B17 (He et al., 2020; Milazzo et al., 2015). La amigdalina y el laetrilo se popularizaron en las décadas de 1960 y 1970 como supuestos remedios contra el cáncer. Se estima que, hasta 1978, unos 70 mil pacientes habían recibido tratamiento con laetrilo en Estados Unidos, antes de que las autoridades prohibieran su importación. Sin embargo, siguió estando disponible en algunos países, por ejemplo, en México o en determinados estados de Estados Unidos para enfermos terminales (Milazzo et al., 2015). En la medicina tradicional china, las semillas amargas de albaricoque molidas («xing ren») se utilizan desde hace siglos, aunque no principalmente contra el cáncer, sino sobre todo para tratar problemas respiratorios. Se les atribuyen efectos contra la tos y el asma (acción expectorante y antitusiva), así como un efecto laxante. Las decocciones de semillas amargas se administraban en pequeñas dosis para la bronquitis, el asma, la tosferina o el estreñimiento. La medicina tradicional oriental consideraba estas semillas amargas y ligeramente tóxicas, por lo que se utilizaban con precaución y, a menudo, después de un tratamiento térmico (tostado o cocción) para reducir su toxicidad (Tang et al., 2024). Además de las enfermedades pulmonares, la etnomedicina de diversas culturas también ha utilizado las semillas de albaricoque para ciertas afecciones cutáneas, por ejemplo, el vitíligo o la lepra en China, así como para aliviar el dolor (He et al., 2020). Los defensores de la vitamina B17 suelen mencionar la afirmación ampliamente difundida de que el pueblo hunza, que consume grandes cantidades de semillas de albaricoque, presenta una incidencia excepcionalmente baja de cáncer; sin embargo, se trata de una anécdota no verificada (Petersen and Markle, 1979).
Las semillas de albaricoque son ricas en aceite y proteínas y, además, contienen glucósidos cianogénicos, principalmente amigdalina. La materia seca de las semillas de albaricoques amargos puede contener aproximadamente un 46–53 % de grasas (aceite compuesto principalmente por ácido oleico monoinsaturado y ácido linoleico), alrededor de un 25 % de proteínas y cerca de un 10 % de carbohidratos y fibra (Akhone et al., 2022). Entre los micronutrientes y otros compuestos relevantes se encuentran pequeñas cantidades de vitamina E y diversos polifenoles, como los ácidos clorogénico y cafeico, los flavonoides quercetina y rutina o las procianidinas, que contribuyen a la actividad antioxidante (Akhone et al., 2022; Cheaib et al., 2018). La propia amigdalina representa un porcentaje variable de la masa de las semillas, dependiendo de la variedad de albaricoque. En las variedades silvestres amargas puede alcanzar concentraciones de alrededor del 5 % (hasta aproximadamente 5,5 g por cada 100 g de semillas), mientras que en las variedades dulces de albaricoques cultivados su contenido es considerablemente menor, de décimas de porcentaje o menos (Femenia et al., 1995). Los análisis indican un contenido típico de amigdalina en las semillas amargas de albaricoque de unos 20–30 mg por cada 1 g de materia seca (Alpaslan and Hayta, 2006). Además de amigdalina, las semillas suelen contener cantidades menores de un monoglucósido relacionado, la prunasina (mandelonitrilo-β-glucósido) (Fig. 1), que constituye, por así decirlo, la «mitad» de la molécula de amigdalina. Cuando se dañan las células, por ejemplo, al masticar una semilla, la enzima β-glucosidasa descompone progresivamente la amigdalina, pasando por la prunasina, hasta formar benzaldehído y HCN. El benzaldehído proporciona a las almendras amargas y a las semillas de albaricoque trituradas su característico aroma a almendra amarga (Jaszczak-Wilke et al., 2021); el cianuro de hidrógeno es un gas sumamente tóxico que, sin embargo, puede detoxificarse en cierta medida en el organismo mediante su transformación en tiocianato (Jaszczak-Wilke et al., 2021). Además de amigdalina, las semillas de albaricoque contienen otras sustancias, entre las que cabe mencionar el β-sitosterol y otros fitoesteroles (en la fracción oleosa), así como minerales como magnesio, fósforo, potasio y hierro, entre otros (Akhone et al., 2022).

Figura 1. Albaricoquero (Prunus armeniaca L.) y glucósidos cianogénicos característicos de sus semillas.
La amigdalina se hizo conocida principalmente por sus supuestos efectos anticancerígenos, que impulsaron su uso fuera de la medicina convencional. El mecanismo de su presunta acción antitumoral se basa en la liberación de cianuro a partir de la molécula de amigdalina en el organismo, que supuestamente destruiría de forma selectiva las células tumorales (Carbone et al., 2025; Jaszczak-Wilke et al., 2021). El cianuro inhibe la citocromo c oxidasa (complejo IV) de la cadena respiratoria mitocondrial, bloqueando así la transferencia de electrones al oxígeno y deteniendo la fosforilación oxidativa (producción de ATP) (Zuhra and Szabo, 2022). Esto provoca un rápido colapso energético de las células y su muerte. Sin embargo, este efecto no es selectivo (Carbone et al., 2025). El cianuro daña todas las células en las que alcanza una concentración suficiente, no solo las células tumorales. Según algunos autores, las células tumorales podrían ser más vulnerables debido a una supuesta menor capacidad de detoxificación del cianuro, por ejemplo, por una menor actividad de la rodanasa, junto con una mayor actividad de las β-glucosidasas, que pueden liberar cianuro a partir de la amigdalina. Sin embargo, estas hipótesis no se han demostrado de manera concluyente (Carbone et al., 2025; Greenberg, 1980; Jaszczak-Wilke et al., 2021). Aun así, los experimentos in vitro muestran que, en determinadas condiciones, la amigdalina puede destruir células tumorales, generalmente mediante la inducción de apoptosis (muerte celular programada) o la detención del ciclo celular (Spanoudaki et al., 2023). Por ejemplo, en algunos estudios in vitro con líneas celulares de cáncer de mama, la exposición a amigdalina aumentó la proporción entre la proteína proapoptótica Bax y la proteína antiapoptótica BCL-2, así como la actividad de la caspasa-3, lo que se asoció con la inducción de apoptosis (Lee and Moon, 2016; Zielińska et al., 2022). Del mismo modo, en modelos celulares de cáncer colorrectal, cáncer de pulmón no microcítico y cáncer de próstata se han descrito efectos de la amigdalina relacionados con la inhibición de la migración y la capacidad invasiva y con la inducción de apoptosis (Park et al., 2005; Qian et al., 2015; Spanoudaki et al., 2023). Algunos trabajos también sugieren que la amigdalina reduce la expresión de la ciclooxigenasa-2 (COX-2) y de la óxido nítrico sintasa inducible (iNOS), aunque estos resultados proceden principalmente de modelos experimentales de inflamación y no directamente de células tumorales (Yang et al., 2007). También se han descrito efectos antiinflamatorios y antifibróticos de la amigdalina fuera del ámbito de la oncología. En modelos experimentales de fibrosis pulmonar y renal, la amigdalina atenuó los cambios fibróticos y redujo determinados marcadores de fibrosis (Guo et al., 2013; Jiao et al., 2023). Asimismo, se han comunicado efectos antitusivos y antiasmáticos, en consonancia con su uso tradicional contra la tos y la dificultad respiratoria. Estos efectos se comprobaron en animales: la amigdalina redujo la frecuencia de la tos y, en modelos de asma, atenuó la respuesta inflamatoria y la remodelación de las vías respiratorias (Cui et al., 2023; Miyagoshi et al., 1986). Además, los estudios en animales sugirieron un efecto antiaterogénico (protección frente al endurecimiento de las arterias) y antiulceroso; la administración de amigdalina redujo la formación de úlceras gástricas inducidas químicamente (Abdel-Gawad et al., 2023; Wang et al., 2020). No obstante, debe destacarse que la gran mayoría de estos hallazgos procede de experimentos de laboratorio. En conjunto, los estudios preclínicos in vivo en animales muestran un efecto antitumoral nulo o limitado, y los estudios clínicos en seres humanos no han demostrado una acción antitumoral (Carbone et al., 2025; Milazzo et al., 2015). Las afirmaciones sobre el éxito del tratamiento del cáncer con amigdalina se basan principalmente en casos clínicos aislados, sin grupos de control. Por sí solos, estos informes no permiten evaluar de forma fiable la eficacia ni distinguir un posible efecto del tratamiento de la evolución espontánea de la enfermedad, de tratamientos concomitantes o del efecto placebo. Los estudios clínicos en seres humanos son limitados. La literatura científica describe dos estudios clínicos de mayor tamaño realizados en Estados Unidos a principios de la década de 1980, que evaluaron la amigdalina o el laetrilo en pacientes oncológicos. En estos estudios, que incluyeron a un total de 178 pacientes, no se demostró una mejora objetiva de la evolución de la enfermedad tumoral, ni se observó regresión de los tumores o prolongación de la supervivencia en comparación con la evolución esperada. En algunos pacientes se describió una disminución subjetiva del dolor, que podría estar relacionada con factores concomitantes o con los efectos de algunos metabolitos (Moertel et al., 1981; Moertel et al., 1982). Las revisiones sistemáticas concluyen que no existen pruebas fiables de la eficacia antitumoral de la amigdalina en seres humanos y que, al mismo tiempo, está documentado el riesgo de efectos adversos graves (Carbone et al., 2025; Milazzo et al., 2015). En los últimos años se han publicado nuevos estudios in vitro que investigan su posible acción preventiva frente al cáncer, es decir, su capacidad de proteger frente a la aparición de tumores. En pruebas experimentales también se han descrito efectos antimutagénicos o genoprotectores de la amigdalina, pero estos hallazgos son preliminares y requieren confirmación en modelos in vivo y, posteriormente, mediante investigación clínica (Erikel et al., 2023; Todorova et al., 2017).
Se estima que una dosis de entre 0,5 y 3,5 mg de cianuro por kg de peso corporal puede ser mortal para el ser humano. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) estableció una dosis aguda de referencia (ARfD) para el cianuro de 20 μg de equivalentes de HCN/kg de peso corporal, una cantidad 25 veces inferior a la dosis mortal más baja comunicada. Para un adulto de 70 kg, la ARfD equivale aproximadamente a 1,4 mg de HCN. La EFSA estima que consumir tan solo tres semillas pequeñas de albaricoque crudas (unos 370 mg en total) en una sola porción puede superar el límite de seguridad en un adulto. En niños de corta edad, incluso una sola semilla pequeña puede bastar para superar el nivel seguro (EFSA, 2016). Estas estimaciones concuerdan con los casos notificados: la literatura médica describe intoxicaciones agudas tanto en niños como en adultos tras consumir varias semillas de albaricoque o almendras amargas (Jaswal et al., 2018). Los síntomas de intoxicación por cianuro incluyen dolor de cabeza, confusión, sofocos, náuseas y vómitos, ansiedad, debilidad y descenso de la presión arterial y, en los casos más graves, dificultad respiratoria, convulsiones, pérdida del conocimiento y muerte por parada respiratoria. La exposición crónica a dosis menores puede asociarse, por ejemplo, con insomnio, nerviosismo, dolor articular y debilidad general (EFSA, 2016; EFSA et al., 2019). El organismo puede detoxificar pequeñas cantidades de cianuro mediante su transformación en tiocianato con la participación de la rodanasa y otras sulfurtransferasas, aunque la capacidad de este mecanismo es limitada (Buonvino et al., 2022). Algunas fuentes indican que la detoxificación puede ser más lenta en caso de deficiencia de azufre o de determinados cofactores, por ejemplo, ante una deficiencia marcada de vitamina B12 o al tomar dosis elevadas de vitamina C (Jaswal et al., 2018). También se han descrito casos de intoxicación grave en pacientes oncológicos que tomaban laetrilo, especialmente cuando consumían simultáneamente grandes cantidades de semillas, y en ocasiones fue necesaria la hospitalización. Por estos motivos, numerosos países han prohibido la venta de laetrilo puro (Carbone et al., 2025). Los complementos alimenticios presentan distintas dosificaciones; a menudo se indican aproximadamente 20 mg de amigdalina por cápsula, lo que equivale aproximadamente a una semilla amarga. Los fabricantes suelen recomendar de 1 a 2 cápsulas al día, una cantidad que, si se respeta la dosificación y no se consume amigdalina adicional a través de los alimentos, no debería superar la dosis aguda de referencia de cianuro en un adulto (EFSA, 2016; EFSA et al., 2019).
Existen otras muchas sustancias vegetales que se investigan por sus posibles efectos antitumorales o de apoyo. Algunas muestran resultados prometedores en estudios preclínicos y no se asocian con un riesgo de toxicidad aguda. Sin embargo, debe destacarse que su uso solo tiene sentido como complemento del tratamiento convencional y siempre previa consulta con el médico responsable.
El extracto de muérdago (Viscum album) es uno de los tratamientos de oncología complementaria más utilizados en Europa. Los preparados inyectables se emplean especialmente en Alemania y Suiza, principalmente para mejorar la calidad de vida. Algunos estudios clínicos señalan una menor incidencia de efectos adversos de la quimioterapia, una mejora del apetito y un alivio de la fatiga. Las revisiones y los metaanálisis también sugieren una posible influencia sobre determinados resultados clínicos, aunque su interpretación está limitada por las diferencias metodológicas y la calidad de los estudios disponibles (Loef and Walach, 2020; Pelzer et al., 2022). En general, el muérdago se considera de baja toxicidad y está autorizado en algunos países como tratamiento de apoyo (PDQ Integrative and Board, 2002).
Los curcuminoides de la cúrcuma (Curcuma longa) se investigan intensamente, sobre todo por su acción antiinflamatoria y antioxidante y por sus posibles mecanismos antitumorales. En modelos de laboratorio, la curcumina influye en el crecimiento de distintos tipos de células tumorales e interviene en diversas vías de señalización relacionadas con la progresión tumoral. En algunos modelos animales también se ha descrito un efecto de ralentización del desarrollo de tumores (Akter et al., 2025; Ameer et al., 2024). Hasta ahora, los estudios clínicos en seres humanos han arrojado resultados no concluyentes, y la baja biodisponibilidad de la curcumina constituye una limitación importante (Anand et al., 2007; Khosravi and Seifert, 2024).
El té verde (Camellia sinensis) contiene polifenoles, especialmente galato de epigalocatequina, que se estudian por sus posibles efectos quimiopreventivos. En experimentos in vitro se ha descrito una influencia sobre la proliferación de células tumorales. Los estudios epidemiológicos, especialmente en poblaciones asiáticas, sugieren una posible relación entre un consumo elevado de té verde y una menor incidencia de determinados tumores, aunque los resultados son inconsistentes y no permiten establecer causalidad (Schulze et al., 2017; Yuan, 2013). En general, el té verde es seguro; en dosis altas puede causar insomnio en personas sensibles, y algunos extractos concentrados pueden afectar al hígado (EFSA et al., 2018; Grajecki et al., 2022).
El resveratrol y otros antioxidantes de frutas y verduras, como la quercetina o la genisteína, muestran en modelos celulares efectos relacionados con la regulación de la inflamación, el estrés oxidativo y la señalización celular, incluidas las vías asociadas con la apoptosis (Huminiecki, 2022; Pawłowski et al., 2024). Su beneficio clínico en seres humanos no está demostrado de forma concluyente, aunque se están realizando ensayos clínicos para determinadas indicaciones (Joao et al., 2013; Pawłowski et al., 2024; Singh et al., 2019). Estas sustancias también pueden obtenerse a través de la alimentación habitual, con un riesgo bajo y posibles beneficios para la salud cardiovascular (Singh et al., 2019; Weber and Hopp, 2020).
La vitamina D no es un preparado vegetal; sin embargo, unos niveles suficientes suelen asociarse con el estado general de salud y, en estudios observacionales, también con el pronóstico de algunas enfermedades, incluidos determinados tipos de cáncer (Keum et al., 2019; Manson et al., 2020; Manson et al., 2019). La suplementación en personas con deficiencia puede contribuir al funcionamiento del sistema inmunitario y al estado general, y suele ser segura si se respetan las dosis recomendadas. No obstante, no debe entenderse como un tratamiento contra el cáncer, sino como una medida de apoyo dentro de una atención integral (Holick et al., 2011; Keum et al., 2019; Manson et al., 2019).
Redactado para Kratom World por:
Ing. Matěj Malík, Ph.D.
Investigador científico, investigador posdoctoral
Facultad de Agrobiología, Recursos Alimentarios y Naturales, Universidad Checa de Ciencias de la Vida de Praga (ČZU)
Departamento de Química Agroambiental y Nutrición Vegetal

Referencias